miércoles, 2 de febrero de 2011

Noche

Es de noche. Las luces de la ciudad brillan más allá. Ante mi, cientos de miles de dorados y anaranjados puntos luchan por mostrarme un retazo de las calles en las que se sitúan, pequeñas y fugaces entradas a las vidas de las personas en su habitación. Aquí, fuera, sentado en esta pequeña colina, observo un castizo Madrid, más allá del río. El viento levanta volutas de humo, mientras la incandescente punta de mi cigarro ilumina de un anaranjado brillo mi rostro. Allí, a lo lejos, vive una suerte de personajes y familias, un amasijo de vidas y ladrillos, un conglomerado de calles y sentimientos. Aquí, en la misma hierba en la que estoy sentado, una pareja se dio su primer beso, un niño perdió un amigo, alguna pareja se deshizo en este pequeño parterre de tierra, abono y unas pocas briznas de césped. Sentado ante mí, veo en todo su esplendor y majestuosidad, la ruinosa vida de un ser humano, su anonimato, su pequeña aparición en un destello iluminado, en un parque compartido.
Es de noche. Las luces de la ciudad brillan más allá. Ante mi, cientos de miles de dorados y anaranjados puntos luchan por mostrarme un retazo de las calles en las que se sitúan.
Pero mi cigarro esta apagado, y el brillo artificial ya no me revela tanto, ya no hay volutas que embellezcan su enturbiado encanto. Mi cabeza reposa contra la tierra dura y fría. Delante de mi, unas nuevas luces llaman mi atención. El universo estrellado también es entretenido.
Saco un nuevo cigarro.
Es de noche.

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